El momento de la no verdad
La verdad juega al escondite con nosotros. Viene haciéndolo desde que el hombre fue hombre o, al menos, desde que perdimos la vergüenza. No se cuándo ocurrió, pero debió ser pronto, muy pronto.
Lejos de enderezarse, al día de hoy la cosa ha ido a peor. No porque este estúpido mundo esté más poblado que nunca de mentirosos que conocen la verdad pero la falsean como bellacos, sino porque ha aparecido un nuevo tipo de papanatas acérrimamente indiferente a la verdad: el amante del bullshit, es decir, del humo y la patraña.
Debuta en nuestra modélica sociedad avalado por la infocracia y tal exceso de información que la verdad deja de importar para dar relevancia a los acelerados likes y los feeds redirigidos por un dictatorial algoritmo que con su ritmo infernal anula la capacidad reflexiva.
El sector de la gastronomía no solo no es ajeno a este fenómeno, sino que es su ideal caldo de cultivo al sustituir la visión crítica por la de la pantalla, la fotogenia y la reseña. Lo visceral sustituye a lo sapiencial. Así, el comensal tragaldabas queda hipnotizado e idiotizado aplaudiendo con las orejas las más peregrinas y engañosas de las ideas culinarias que les ponen por delante y por detrás.
Esta realidad ha sometido al restaurador a una presión/tensión añadida a las propias de su oficio/negocio, obligándole a meterse de lleno en un mundo marketiniano que le era ajeno y que hoy le crea la falsa necesidad de adaptar su oferta a las tendencias del ruido mediático inmediato y perenne. Una vez enREDado en esa cacerolada -¡clang, clang!- no tiene escapatoria.
Y es que el tiempo no espera a nadie y tampoco te esperará a tí, restaurador o comensal, menospreciando así el valor del mayor lujo que la restauración puede y debe ser y ofrecer: dar tiempo al tiempo.
La autenticidad es sustituida por el simulacro, la imitación, la industrialización, la trampa, el concepto, el relato y demás cuentos chinos. A freír espárragos la verdad verdadera: los mercados de abastos se turistifican, los panes de masa madre se industrializan, las brasas no arden, ni humo sale de ellas, las cartas se homogenizan, los pescados se piscinifican, las recetas se copian, los camareros no sirven solo atienden, se showcookinizan las cocinas, etc etc. Nada es lo que parece.
No creamos, pues, que esta ausencia de verdad solo afecta a la política, la información y otras hierbas ajenas a la gastronomía, porque, muy al contrario, aplica de lleno en un sector -ya económico- como este de la restauración, que depende de la humana experiencia sensorial y anímica que, si consigue salir de su alienación, terminará por sentirse engañada ante tanta simulación y saberse desengañada por tanta chorrada.
La gastronomía está necesitada de valerosos cocineros parresiastas que tengan el coraje de decir la verdad. Porque ¡cuidado! que no es humo sino fuego con lo que estamos jugando y, como ya se sabe, quien juega con fuego se quema.
¿Tú, cocinero, pregúntate: qué estoy dispuesto a sacrificar por la verdad?
*Con una pequeña ayuda de mis amigos Jean Baudrillard -simulacro-, Harry Frankfurt -bullshit-, Byung-Chul Han -infocracia-, Michel Foucault -parresía-, The Rollings Stones y su canción “Time waits for no one” y la IAaaaaaaa.







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