Banalidad, mediocridad y disgusto
La gastronomía en redes está del revés y bocabajo. Aquellos que no tienen ni puta idea son quienes han terminado por imponer sus zafias normas de entendimiento y actuación, convirtiendo el ridículo público en moneda de cambio mediática con total pérdida del respeto por sí mismos y por los demás.
También los medios están en el ajo. Tanto es así que han cercenado de raíz toda seria opinión e intervención de críticos y conocedores, plegándose para atender una demanda ligera, semirosa y casual llena de anécdotas, life style, ecos de sociedad y, sobre todo ello, de miles de listados de los 10 mejores de cualquier cosa.
Baste con solo un rotundo ejemplo real: hace pocos años, cuando Capel llegaba a Málaga en verano, había tortas entre los restauradores para que acudiera a sus casas e hiciera su crítica en El País pues no solo los encarrilaba, sino que les llenaba el resta además del ego. Hoy día eso ya no ocurre y la mayoría opta por una cansina y repetitiva acción en redes a través de agencias, creyendo que serán estas quienes peten su local, librándose al tiempo de un posible zasca capeliano. Desgraciadamente, la crítica está en estado crítico.
El objetivo de estos canales de información masivos no es -obviamente- otro que ampliar su base clientelar a base de publicar para una masa fácil de engañar, aprovechándose de su pasividad acrítica y de su ignorancia en gastronomía. Todo por la pasta.
Aunque sea brevemente, mencionemos una vez más dentro de esta ecuación, que el sumatorio de reconocimientos, guías, premios, concursos, galas, etc. acrecentan este calvario y evidencian esa necesidad de patrocinios financieros, al tiempo que se autobomban con sus propios títulos evitando toda fiscalización exterior.
La malvada consecuencia general no es otra que el imperio de la mediocridad y la absoluta banalización de la cultura gastronómica. Así, todo lo que la rodea se convierte, incuestionablemente y por arte de magia potagia, en algo divino de la muerte y pleno de excelencia, en una dictadura de la satisfacción obligada o ‘imperio de la felicidad’. Un “soma coolinario» donde la experiencia instagramable anestesia la capacidad analítica y convierte al comensal en feligrés.
La ‘divina misión’ que, mal que le pese a quien me lea, me ha sido revelada por los dioses del Olimpo Gastronómico y me he impuesto cumplir, es advertir y combatir esta nefanda ideología buenista que parece haberse convertido en el nuevo paradigma a seguir. Por eso escribo cual profeta de la debacle y el fin del mundo gastró. Creyéndolo, medio en serio medio en broma, necesitado de tocapelotas no paniaguados ni acomodaticios como yo. A sabiendas de resultar un coñazo, ser tachado de hereje o, como me acusaron recién, de amargado.
Puede que tengan razón. Puede que sienta el despecho de la vieja guardia desplazada. Puede que sea un nostálgico añorante de tiempos pasados. Puede que sea un yayo tumbaollas tardo y torpe en el entendimiento de este publicitado nuevo mundo perfecto de la gastronomía actual. Puede, pero soy un empecinado con derecho al cachondeo y al pataleo¿O tampoco?
*Con una pequeña ayuda de mis amigos Jesús G. Maestro y Aldous Huxley. Y la IAaaaaaa!






