La reproducibilidad gastronómica: aura, autenticidad y decadencia del genio en la cocina de masas, leído con Walter Benjamin y Paul Valéry.

Reproducibilidad gastró

¿La incontrolable capacidad reproductiva de la restauración nos está llevando a tener que descartar conceptos tan arraigados en gastronomía como los de creatividad y genialidad?

Si empezamos por el principio, como escribe Walter Benjamin respecto de la obra de arte, las recetas y sus platos resultantes siempre han sido reproducibles. O dicho popularmente, de toda la vida, al cocinar tanto en casa como en los restaurantes, se vienen repitiendo las recetas sin saber, la inmensa mayoría de las veces, quien fue su creador primero. 

Podemos llamarlo “hacerlo como”: como lo hacía mi abuela o mi madre o la vecina, o tal cocinero; como lo comí un día en tal sitio; como aprendí de pinche en aquel restaurante o como lo copié descaradamente de fulanito o de este libro. Eso es la vida misma: transmisión, aprendizaje y tradición, en tanto que realidad viva y cambiante, es decir, historia. Todos somos conscientes de que en esta materia y sector contamos con un bagaje inconmensurable en el que no hay copyright ni caben reclamaciones por derechos de autor.

No es eso de lo que escribo, no. Me refiero a la “reproducción mecánica”. A la preponderancia de la producción masiva mediante el uso de técnicas ultramodernas aplicadas a la cocina de masas. Sí, de masas, sean estas de 60,  5.300 o un millón de pax, porque estas son las que consumen, a las que hay que contentar. 

Para satisfacerlas y que no se sientan engañadas, esa cocina reproducida se viste, antes y durante, de lo que el marketing decida contar, de manera que “las cosas resulten espacial y humanamente ‘más cercanas’, que es lo que la gente desea de forma apremiante y apasionada”. 

Pero no estoy despotricando ingenuamente contra ello, no se confundan, que sé y soy consciente de que eso es así y es necesario. Es pura “adecuación de la realidad a las masas y de las masas a la realidad en un proceso de enorme alcance” que afecta tanto a la manera de pensar la gastronomía -gastrosofía- como a la de percibirla.

Es más, diré que, gracias a los brillantes avances tecnológicos, la calidad de esta comida reproducida ha mejorado de forma notable y evidente y se sigue mejorando a pasos agigantados.

Pero reitero que no hablo de eso, no. Lo que digo, contestando así a mi pregunta inicial, es que todo esto, en mi opinión, conlleva la “decadencia del aura” de la cocina al ir en detrimento grave de su autenticidad. Entendida como el valor que supone la cocina original del aquí y ahora, de aquello que “no puede ser reproducido, ya sea tecnológicamente o de otro modo”. Aura, genio o creación que se evapora con la reproducción, aunque sea asistida por grandísimos cocineros. 

Unas consecuencias de la reproducción que, para más inri, se agravan con la continuación en su exposición y representación en una sala con crecientes problemas de deshumanización debidos a unos ansiosos comensales que solemos esperar armados con nuestros teléfonos-pantalla para digitalizar la percepción del plato clonado antes de su consumo y disfrute, para volver a reproducirlo después, ahora en imágenes. 

Y termino citando, como hace Benjamin, el augurio de Paul Valery: “Al igual que el agua, el gas o la corriente eléctrica llegan desde lejos a nuestras casas para satisfacer nuestras necesidades con el mínimo esfuerzo, llegaremos a ser alimentados con imágenes y sonidos, que surgirán y desaparecerán al mínimo gesto, con una simple señal“.

Mal fario que, de momento y al menos en la práctica de su literal sentido, aún, gracias a los dioses, no se ha cumplido. Y que esperemos nunca tome cuerpo.

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Fernando Huidobro - Comentador Gastró
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