Reflexión sobre el éxito fácil, los galardones y lo que de verdad hace grande a un cocinero.

El éxito y la existencia

Esa mañana, Cook, al despertar, se vio convertido en un don nadie y sintió una desconcertante angustia. Miró su chaquetilla y, efectivamente, aún lucía su sol y su estrella. No había sido más que un mal sueño, su conquista era real. Pero entonces, ¿por qué sentía ese vacío existencial?

Días antes había conseguido alcanzar los cielos gastrós y la gloria que esa estrella y ese sol oficialmente le otorgaban. Y los había alcanzado en un tiempo récord. Pero entonces, ¿por qué no dormía en los laureles?

Tras haberlo perseguido hasta la obsesión, por fin su valía había sido reconocida públicamente, los medios lo habían puesto por las nubes, su ciudad lo aclamó como a un héroe y sus idolatrados cocineros lo felicitaron efusivamente. Pero entonces, ¿por qué esa profunda desazón de amargo sabor a fracaso?

Poniéndose ante el espejo se dijo a sí mismo: “Échale narices, dale un buen repaso al resta y examínate a fondo”, respiró hondo y así se habló: “he copiado y recopiado de aquí y allá; ofrezco un único menú que repito hasta la extenuación; recorto todo lo que puedo en calidad de producto; hago el esperado paripé de sostenibilidad y reproduzco mecánicamente las recetas que ensamblo ante el cliente en cada servicio sin inmutarme. Mientras mi community vende mis humos con preciosos reels, yo me muero por acudir a todo congreso importante, pero solo me llaman para eventos locales donde hablo con pequeñas palabras y cortos pensamientos. Al local solo acuden extranjeros y parejitas. Los dineros…¡basta! ok, ok, ok, es suficiente, no soporto más autocrítica”, acabó gritándose. 

Miró al cielo de los dioses de la culinaria y rogó una explicación. Esta fue su respuesta:

“Para ser un gran cocinero no basta con seguir las corrientes alternativas en boga ni replicar lo de aquí y allá, hay que ser auténtico. Ni siquiera basta con ser original, sino fiel a uno mismo. Hay que tenerse respeto. Y, claro está, valer para ello. Es en esa desnudez que conlleva la autenticidad donde se muestra y demuestra la valía. Tú, ahora, estás ante ella y te enfrentas solo contigo. 

Todo a tu alrededor es éxito, has triunfado al exterior, pero de cara a ti mismo sabes que no es así pues has tomado el camino corto. El estrellato es efímero y la gloria fugaz si no eres capaz de seguir luchando para definir tu identidad y reflejar tu propia personalidad en tu cocina, arrostrando el peligro y superando el miedo de saber si de verdad la tienes. 

Por eso, ser agraciado con estrella o sol, no hace al cocinero, como vosotros decís, “grande”. Ser auténtico no es ser estrellado, sino estrellarse; no es estar morenito, sino quemarse. Solo así podrás sostener la mirada al sol y seguir andando, incluso a ciegas, bajo las estrellas”.

De nuevo frente al espejo, Cook vio cómo su triste figura se recortaba sobre la nada y volvió a sentir el mismo horror vacui. Cabizbajo, derramó una furtiva lágrima.

Intervino el oráculo y con gran estruendo sentenció: “deja de lloriquear y construye, activa tu sueño, deja de esperar y trabaja. ¡Haz! no esperes nunca. Y serás cocinero”.

*Con una pequeña ayuda de mis amigos F. Kafka y G. Deleuze.

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