La Ley de la Repetición
“Todo podría lograrse a la perfección, si las cosas pudieran realizarse dos veces“. Este verso de Goethe, a decir de Benjamin, desemboca directamente en esa gran ley que rige todas las reglas y ritmos de los juegos: la ley de la repetición, bajo la que el niño procede no por dos veces, sino una y otra vez, cien, mil veces.
Y se me ocurre a mí que si, mutatis mutandi, sustituimos niño por cocinero y juegos por cocina, la misma regla de oro es de plena aplicación a nuestro querido sector de la restauración. Bendecido o condenado, según se vea, a cocinar sobre lo ya cocinado trasteando con sus cachivaches de cocina como niño con sus juguetes.
Pongamos un buen primer ejemplo más evidente: el de la personal alta cocina artesanal japonesa. No cabe duda de que a través de la reiteración continuada de la manufactura de la receta, la repetición paciente del gesto y la especialización, los chefs nipones persiguen acercarse a la perfección del plato original -no al clon- en un camino espiritual de depuración y trascendencia. Y, de hecho, los grandes maestros lo consiguen.
Pongamos un mal segundo ejemplo tan evidente como el anterior: el de la impersonal alta cocina tecnificada occidental. No cabe duda de que mediante la tecnología clónica, la preproducción y montaje de la receta, su reproducibilidad mecánica y la despersonalización del chef titular, esta cocina nuestra persigue la perfección del plato copia -la idéntica al prototipo-, en un camino materialista de consecución del éxito y el dinero. Y, de hecho, los grandes masters-best-chefs diseñadores y sus equipos ejecutores lo consiguen.
Quienes no lo consiguen son los otros muchísimos ejemplos intermedios que cabría incluir entre estos dos casos extremos que hemos expuesto. Pero que nos sirven para poder afirmar que estas son dos perfecciones bien distintas, derivadas de dos culturas bien diferentes. En la primera, la repetición eleva, en la segunda, automatiza. Y ello, a pesar de que los vasos comunicantes que la globalización facilita a ambos, permiten a los occidentales copiar y asimilar los ancestrales cánones y técnicas orientales. Y a estos, imbuirse y aplicar los modernos principios de la libertad creativa de aquellos.
El mundo del revés, arriba es abajo y abajo es arriba.
Y es que la cocina tiene mucho de juego y los cocineros son como los niños, capaces, igualmente, de transformar sus emocionantes primeras vivencias en hábito, que en este caso y en forma de chaquetilla sí hace al cocinero. Pero solo “como” porque mientras que el niño quiere empezar, cada vez de nuevo, el juego recreando ese hacer, ad eternum, con tanta o más ilusión e inagotable energía; por el contrario, el cocinero se desgasta y le cuesta, como adulto que es, mantener viva esa ilusionante alegría primaria, al tener que hacer frente a las repetitivas tareas casi mecánicas que requieren las ofertas de menú degustación que pueblan los restaurantes y que, a menudo, acaban en esa enajenada desafección emocional tristemente conocida como burnout o quemaera profesional.
Ni conclusión ni moraleja cabe sacar de esta reflexión impropia de una preclara mente como la mía, ahora semi disuelta en el calor estival, salvo quizá la de ese viejo refrán castellano y castizo que dice “que cada perro se lama su cipote”.






