Los cocineros que dieron todo por la revolución de elBulli y un día apostataron. Una columna con la espumadera en alto.

Los forcluidos

Aquella tarde de lunes libre, tras comer y beber entre cocineros en el resta de unos colegas, Cook, ahíto y empuntao, se dispuso a echarse la siesta. Y qué mejor amodorramiento que un gastropodcast de esos sesudos que aburren hasta a las ovejas.

Dió con uno en el que un tío que se hacía llamar Huy de Malcocinado, el típico viejete coñazo que cree que lo sabe todo y lo ve todo negro, hablaba sobre los cocineros forcluidos. “A saber qué narices es eso, pero ¡ferpecto! esto es lo que buscaba”, se dijo, mientras se repanchingaba en el sofá.

El nota llamaba así, forcluidos, a los cocineros hoy ya talluditos, de largo recorrido y experiencia en cocinas del cielo y el infierno, que de jovencitos se rebelaron y unieron a la Revolución de Rosas y abrazaron la religión bulliana, donde vieron la luz y alcanzaron la lucidez culinaria máxima y que luego la abandonaron o rechazaron con distintas consecuencias. 

“¡Uy! Yo fui uno de esos”, se dijo Cook.

Contaba el susodicho. “Entregáronse, con voraz apetito espiritual y ciega fe a la Santísima Iglesia Adriana de la Altísima Cocina y, en el nombre del padre, se tomaron tan en serio y con tanta ilusión su causa que se dedicaron a ella en cuerpo y alma, dejándose la piel y la hiel en el empeño, viviendo felices bajo el cielo estrellado y la promesa del paraíso terrenal del restaurante total.

“¡Cohone! este mamonaso me está clavando”, pensó Cook medio aturdido mientras continuaba oyendo.

“Pocos de aquellos jóvenes chefs alcanzaron la gloria que hoy ostentan como popes de guías y ranquines. Pocos son también los que continúan en un discreto segundo plano a la sombra de esos genios. Muchos, por el contrario, son los que se sintieron físicamente cansados y emocionalmente decepcionados, apartándose o incluso apostatando de una creencia adriana hoy día reconvertida al imperio de las finanzas y la gestión. Son los cocineros forcluidos. ¿Eres tú uno de ellos?”. Terminó el podcastero de los huevos.

Frustrada la siesta, a Cook se le pasó la papa. Con el cuerpo aún cortado, se incorporó en el sofá: ¿Un forcluido? Sí, maldita sea. Él había sido uno de esos pinches guays del bullismo que lo dieron todo por una causa que luego resultó ser una ilusa verdad efímera. Pero mientras comía techo, una irónica sonrisa afloró a su rostro pues había merecido la pena. Anduvo jodío, sí, pero también contento. Le habían robado la inocencia, de acuerdo, pero nadie le iba a quitar lo bailao. Había vuelto a ejercer humanamente la profesión que ama y con la que se gana la vida divinamente y disfruta. 

Y concluyó: “no me arrepiento, no, volvería a hacerlo, ¡sin duda!.

Así que te den mucho por saco Sr. Malcocinado. Me has jodío la siesta, pero sigo en pie y con la espumadera en alto”

*Con una pequeña ayuda de mis amigos J. Lacan, G. Deleuze y Laurent de Sutter.

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