Tabernas, gastrobares, chiringuitos y michelines convergen en la misma cifra. Una crítica al encarecimiento uniforme de comer fuera.

Todos a 100

A principio de los noventa saltaron a la palestra del comercio hispánico las tiendas “Todo a 100” que más adelante se reconvirtieron en “Todo a 1€” y pasaron a llamarse “chinos” al cambiar de manos. Pero no voy a escribir sobre ese negocio por muy interesante que pudiera ser como modelo de éxito digno de estudio por una escuela de negocios. Todos conocemos su historia. 

Aún siendo consciente de que hoy nada es lo mismo que ayer y que todos los precios se han pervertido al alza everywhere, de lo que quiero hablar es de un ‘nuevo modelo de negocio del sector de la restauración’ al que título con idéntico nombre que aquel aunque en plural: “Todos a 100”.

Resulta paradójico cómo un concepto que nació como símbolo del consumo hiperpopular y ultraaccesible me puede servir hoy para bautizar la nueva alta tarifa plana de la gastronomía urbana y la que no lo es tanto. La fórmula que lo identifica es bien sencilla: siempre cuestan 100 euros.

No se coman el coco. Puede ser cualquier tipo o fórmula. No requiere cumplir ningún otro requisito. Es un cajón de sastre del que sacar trajes a medida… siempre que cuesten cien euros. No se despacha por menos. 

Pudiera ser que fuera un resta de cocina tradicional de aquí o allá con platos de buena hechura elaborados con cariño y productos de cercanía: 100 tacos.

Pudiera ser que fuera una taberna ilustrada entendida y atendida a la moderna con sus chacinas, torreznos, encurtidos, latitas y otras golosinas adornadas: 100 pavos.

Pudiera ser que fuera un gastrobar de cuidadas vanguardidades y elaboraciones de todos conocidas servidas con cierto mimo y buen gusto: 100 lereles.

Pudiera ser que fuera un restaurante de producto de buena calidad, bien seleccionado y tratado decentemente en ambiente aceptable, chiringuito incluido: 100 leñazos.

Pudiera ser que fuera un local a la moda de cadena y afamada marca registradora de wonderful decó, ambientazo y comida estándar: 100 castañazos.

Pudiera ser que fuera la antigua casa de comidas del pueblo retomada por el hijo pródigo que vuelve para hacer cocina elaborada apegada al territorio: 100 machacantes.

Pudiera ser un michelin de una estelada de jóvenes hacedores de menús largos y permanentes de esos que se repiten y se montan en showcooking: 100 talegos. 

Pudiera ser que fuera una barrita singular de un cocinero particular en aventura personal para ocho comensales en formato y ritual nipón ohumamikase: 100 leuros. 

Pudiera ser que fuera un coqueto bujío romántico y sentimental donde emparejarse bajo tenue luz sin prestar excesiva atención al condumio: 100 plumas. 

¡Todos a cien! Y así hasta la completa ruina de los foodibeyos. Y tan contentos todos. Al cielo de los ricos con los 100 del ala. O volver a los chinos, claro.

Porque para subir a ese cielo, mejor pudiera ser que huyéramos hacia el azul… en Vailimaaaaa… nanarananaaaa…

*Con una pequeña ayuda de mi amigo Luís Eduardo Aute y su canción “Vailima (pudiera ser que fuera…)”.

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Fernando Huidobro - Comentador Gastró
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