Come, habla, ríe, brinda
Digo que los españoles mostramos síntomas evidentes de que estamos vivos y celebramos el estar vivos; que la vía y la vida pública hispana son alegres y convivenciales. Lo ha sido históricamente y aún hoy, a pesar de los pesares que nos caigan, creo que lo seguirá siendo. Los dioses me oigan.
Nuestra restauración es la prueba ruidosa de esa abierta expresividad. Ya sea para bien o para mal, cargamos con esa afamada realidad. Sobre todo en lo que a sus bares, chiringuitos -pum catapum, pum, pum ¡como nos gusta el verano!*- y cafeterías respecta y no tanto en lo referido a los restaurantes, aunque en ellos hablemos alto, riamos y alborocemos. Reitero aquí la satisfacción sentida en mis recientes visitas a los estrellados Disfrutar y Enigma al comprobar la viveza y disfrutona pero discreta algarabía de sus comensalías. Es de agradecer que nuestras sanas costumbres, en su justa medida, abracen también la alta cocina.
Opino que el silencio es una estupenda y necesaria compañía de la vida interior contemplativa, de la oración y el pensamiento, pero no del arte y la alegría de vivir que acompaña al festivo acto de comer para disfrutar. El comensal pleno dista mucho del asceta, el filósofo, el místico y del psicópata asesino y el silencio de sus corderos.
Pero vayamos al grano de hoy que es su contradios: El Ruido. Muchos y variados son los que alberga la gastronomía española. Intentaré dar buen repaso a algunos de los más perniciosos.
El primero, de difícil solución, es el envolvente y mareante ruido circundante fruto de una acústica deficiente y molesta que se cierne sobre demasiados locales y que ni costosos expertos consiguen siempre amortiguar: rummm….murmur.
El segundo es la supliciante música ambiental: inapropiada, desatendida, en bucle, estridente y/o de baja calidad que no pega ni con cola con la situación. Tanto el chuntachunta machacón como mi odiado easy listening.
El tercero es el estruendoso y descuidado operativo del servicio: el choque de platos y vajillas (¡clin-clac-conck!), el arrastre del vidrio sobre las mesas desnudas (¡ñiiic!), el chirriar de sillas (¡ñaac!) o la insoportable estridencia del calientaleches de la cafetera (¡fsssss!).
El cuarto es la cansina y aprendida retahíla que sueltan los camareros al explicar los platos. No molesta el tono, sino la obligación de callar a su dictado y la inoportuna interrupción del diálogo. Aquí no cabe, como en el buen cante jondo, eso del ¡shhhhh, vamo a escushá!* Sino más bien el ¡Te quié ir por ahí!
Pero el peor de los peores -aquí sí que hay quinto malo- no es acústico sino intelectual: ese ensordecedor y constante murmullo exterior, sibilino y pernicioso, orquestado por la información y la comunicación gastronómica mercantilizada ante el que no cabe hacer oídos sordos. Es el vociferante grito del mercado* cuyo único fin es el consumo: ¡compren compren! ¡al rico restaurante! ¡los 5/10/50 mejores! bla, bla, bla….
Quede claro lo siguiente: no comulgo con toda esta inconmensurablemente ruidosa ‘habladuría’* mediática que napa la buena cocina y termina por aburrir hasta a las ovejas; no defiendo el griterío desaforado, la mala educación ni la pérdida de las maneras. Lo que apoyo es la buena mesa y su celebración distendida, la charla animada y la risa que favorezcan el disfrute aunque conlleven una subida de tono. Me posiciono en contra de aplicar a esa mesa pública el tradicional y casero ‘come y calla’ y el exceso de silente formalidad que termina por excluir la alegría.
¡Brindo por ello! Choquemos y hagamos sonar ruidosamente nuestras copas: ¡ChinChin!
*Con una pequeña ayuda de mis amigos Paco Paco y su canción “Taka Takatá”, Byung-Chul Han, el habla popular andaluza, Martin Heidegger y la IAaaaaaaa!







