¡Al asalto!
Pero dime: ¿cuántos nuevos bares normales y corrientes has visto abrir en la última década: uno o ninguno?
Pues para colmo de males, ahora los postneomodernos cocineros amichelinados, no contentos con haberse cargado los restaurantes tal como fueron, han decidido asaltar también los bares* y comérselos con papas suflé.
Por si no hubiéramos tenido bastante pérdida de identidad con los dueños de bares de siempre que, por poner ejemplos, en Barcelona los traspasaron a conciudadanos chinos; los de Madrid que hicieron lo mismo vendiéndolos a sudamericanos o marroquíes; los que, en toda España, se vendieron al turismo o los que directamente cerraron los suyos porque su bendita prole ya educada no querían ese futuro, ahora, un batallón de cocinerosos, forajidos de la alta gastronomía de alto gorrete, les ha declarado la guerra y va a acabar con el resto.
Para ellos solo son carne de cañón del bisnes, porque ni se les ocurre ni saben respetar la verdadera naturaleza del bar, creado para uso, disfrute y consuelo de gente corriente lugareña que se echa a la calle en busca de comida y bebida sencilla, a ser posible buena, y de sana convivencia. Nada más opuesto a esa naturaleza que un bar sofisticado. Los llamados gastrobares -incluidos los respetables- de alambicadas elaboraciones son pura perversión de la autenticidad y sacrílego contradiós culinario. Tres cuartos de lo mismo que las mal hadadas ahora llamadas tabernas ilustradas; hoy día más lustrosas que los chorros del oro y tan preciadas como él.
Y me refiero no solo ya a su oferta alimentaria, sino también a sus precios, formas, ambiente y decoración. Lo pijo se está apoderando de los lugares antes conocidos como bares -¡qué lugares!*-. Estas modernidades han reconvertido las barras en mini espacios con cubiertos y salvamanteles individuales y acomodados taburetes de larga estancia donde, egocéntricamente, comer platos pero no tapas. Nada ya de acodarse brevemente en ellas para beberse una caña o un chatovino, o dos si me apuran, repasar la pizarra, pedirse una concha de ensaladilla desnuda de todo complemento artístico o una segunda de boquerones en vinagre sin daños colaterales si me apuran más, comentar la jugada con el personal, soltar un chiste en todo caso e irse, silbando al viento, con el cuento a otra parte.
Esa y no otra es la vanguarditísima manera de cargarse el genio del lugar y la figura de la sana y maravillosa costumbre del tapeo de bar en bar. Así, de una tacada, nos dejamos los bien ganados cuartos en un solo local sin personalidad ni gracia alguna, frío, aséptico y aburrido -que no insulso porque las salsas lo bañan tooodo- de idéntica carta al de enfrente, servido por camareros de paso, distantes y siesos, y gestionados por genios de las finanzas y la asesoría gastronómica salidos de cualquier máster-pláster de postín. ¡Joder con el quiero y no puedo de las segundas marcas de los huevosss!
Como dice Don Juan Catón: “delenda est gastronomía”*.
*Con una pequeña ayuda de mis amigos Pedrito Sánchez Bagá, Gabinete Caligari, Juan Echanove y Catón.






