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Je m’accuse: soy un hedonista gastró

Para mí, el comer bien es el placer que más ha contribuido a conformar mi personal enfoque del arte de vivir.

No es una moda pasajera; no soy, ni he sido nunca, un esnob gastronómico. Ayer, hoy y siempre, el goce de la mesa ha sido un principio que ha guiado mi forma de vivir. Una elección por la que opté, digamos vocacionalmente, desde una independencia cívica y ética muy temprana.

A las pruebas me remito: de niño salía a la puerta de casa a recibir al cenachero para husmear entre los chanquetes y los boquerones del copo que ya limpiaba con apenas unos años; acompañaba a mi madre y a mi abuela al mercado; me colaba a todas horas en la cocina para iniciarme en las frituras, el horneado y la repostería casera. Mis hermanos mayores me chinchaban llamándome cocinera, tocino o chorizo, mientras mi afición —devoción, más bien— por visitar restaurantes no ha cesado desde los catorce años. Puedo afirmar y afirmo, no como boutade sino como colofón evidencial, haber gozado de El Bulli en unas catorce ocasiones a partir del 93. Conozco a media restauración española y a no poca extranjera. Más de cincuenta años de gastrocorrido engordan, además de mi panza, mi memoria culinaria.

Sirvan estos antecedentes para dar cobertura, fundamento y verosimilitud a la solemne declaración que da título a este artículo: soy un hedonista gastró.

Pongo el acento primordial, al modo de los antiguos cirenaicos, en la sensación pura que produce el acto de comer y beber bien. Tan agradable este como desagradable el comer y beber mal. Estoy convencido de que la verdad última del comensal habita en ese rango intermedio donde convergen la percepción física de los sentidos exteriores y el efecto emocional que produce en los sentimientos interiores. Es ese el interregno donde se gesta la magia de la que brota el pleno placer del comer.

Por un lado está lo que los productos y la cocina te hacen sentir a través de los sentidos: lo que ves, oyes, hueles, palpas y paladeas. Es la materia, lo físico y lo químico, lo sólido y lo líquido, lo crudo y lo cocido, la comida y la bebida puestas sobre la mesa. Una inmanencia susceptible de ser parametrada y, por tanto, rayana en la objetividad.

Por otro lado está lo que el hecho de ingerir esa comida y bebida, en circunstancias de muy diversa índole, despierta en tu interior: en tus emociones, en tu pensamiento y en tu -permítaseme la licencia poética- alma gastró. Un sentimiento no mensurable y puramente subjetivo.

La inefable sensación de la que hablo es la mezcla serena y equilibrada de ambos sentires amalgamados. Ellos configuran mi regla de placer, propician el goce positivo que ambiciono y desatan la subsiguiente alegría.

Pienso que para abrazar esta filosofía, además de esa independencia ética previa, es favorecedor librarse de prejuicios bobos, de pasiones que induzcan al desorden y de cuantas trabas el mundo, el demonio y la carne —perdón por la cita eclesiástica, pero me viene de perillas— te ponen por delante.

Para conseguirlo procuro tener muy presente la efimeridad del acto de comer y beber —de ahí mi empeño en repetir y repetir—, que me conduce por la senda de lo actual, del disfrute del momento, del carpe diem. Una práctica de mundanidad amable, sin exageradas comeduras de coco ni excesivas pretensiones categóricas. Soy más hedonista que epicúreo.

Vengo a decir aquí —por si alguien no se ha enterado a estas alturas de la comida— que soy un disfrutón de tomo y lomo, aunque normalmente racional y ordenado. Un disfrutón sensacional que, mientras el cuerpo aguante, continuará rindiendo culto a este gozoso y adictivo arte de vivir la mesa… durante el breve tránsito que es la vida. 

*Con una pequeña ayuda de mis amigos Aristipo de Cirene y Antonio Escohotado, 

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