Gusto de soñar mi mente como una bodega repleta de botellas, contiene toda mi filosofía de vida y es fiel reflejo de mí mismo, de mi persona y mi personalidad.
Cada botella es una idea, un pensar, un entender, un ser como, un ser aquí: antes, ahora y después. Todas juntas componen esa Bodega de Ensueños que siempre va conmigo. La situo en la parte posterior de mi cráneo y aunque esté ahí arriba en mi cabeza, cada vez que la visito, lo que sucede no sé si demasiado a menudo, me veo bajo tierra, en un reiterado bajar. Y siento como escalofríos.
Es amplia, de roca, madera y cristal. Una sala espaciosa central donde tiene sitio eterno una artúrica mesa redonda donde compartir, da acceso a distintas galerías que conducen a un incontable número de cavas abovedadas de distinta índole y carácter. La estancia se transforma para servir al propósito de mi visita, sea esta la de solitaria meditación, cata de debate o jolgorio amistoso. En todo caso sabe leerme y actúa en consecuencia adecuando el espacio mágicamente. Mi subconsciente no escatima en gastos.
Aunque me gustaría e intento que esté limpia y ordenada, por definición, ni pensamientos ni bodegas lo son, así que luces y sombras, polvo y brillo, orgullos y vergüenzas, telas de araña y cachivaches, y demás taras o méritos la pueblan.
En mi sueño, busco y rebusco botellas aquí y allá para ir llenándola según expertos criterios ajenos o intuiciones propias. Ninguna es mía en origen, son de otros a los que doy cálida bienvenida a mi bodega, sueño que ellas y ellos me enseñan a hacerlas mías y tenerlas por propias, tanto que de todas ellas, comprendidas e incomprendidas, voy haciendo mi yo. Bajo, las tomo entre mis brazos, las miro y acaricio con mis manos, les doy mil vueltas y me esfuerzo porque sus esencias se apoderen de mi ser para convertirse en mis ángeles y demonios.
En la “Cava de la Corrección”, guardo botellas-ideas universales que casi todos guardan también en sus bodegas porque su contenido es aceptado o impuesto como verdad general y, por tanto, aburrida. Aunque algunas son de real valor, no son mis preferidas y consiento algunas de ellas por cobarde por si acaso o por el qué dirán y refunfuñe contra mí mismo por mi clasicismo y mi trágala conservadora.
En la “Cava de los Horrores”, escondo viejas botellas-amenaza oscuras y profundas, metidas en lo más profundo y oscuro de mi bodega. Son las que me dan miedo, esas que quiero olvidar y nunca, salvo grave error o perturbación, me gustaría destapar jamás. Pero claro, no está en mi mano, siquiera en sueños, y las pesadillas se vuelven reales, los fantasmas y sus venenos acechan y hay que salir huyendo de allí. Para colmo de males, también están las opacas botellas aún llenas pero muertas que han pasado a peor vida y que entierro también allí al fondo: ideas que han envejecido mal, que he superado o dejado atrás, que he remontado o que he matado o asesinado sin pudor. A esta sección paso a llamarla la “Cava Tanatos”.
Otras veces, huyendo de esta, me encuentro con la “Cava de la 2ª Oportunidad” donde yacen bocoyes rellenos de vinos de esta o aquella botella-idea que goteó, enmoheció o se avinagró, que allí han hecho madre y retomado una segunda existencia. Me enseñan a no dar nada por perdido, a tener esperanza; a veces hasta me engatusan para creer en una otra vida, bendita ilusión, aunque siempre se me termine poniendo cara de probaó de vinagre.
Me entusiasmo rebuscando esas botellas rompedoras que me parten la boca y el seso, que me muestran nuevos caminos e ideaciones. Están llenas de peligro. Las adoro. Y vuelvo a la “Cava Rebelde” en su busca en cuanto acumulo el valor necesario, pues conducen a la pérdida de papeles y la locura de las noches de los cristales rotos. Para contrarrestar estas turbiedades, pared con pared está la “Cava de Los Amores y Amistades”, la única con claraboyas que dejan entrar la luz del sol y donde mantengo muchas medias botellas ya vacías que evidencian mi haber vivido y una doble magnum de etiqueta única del 61 que es la que me enamoró y nunca pienso acabar. Allí yacen también las botellas de la amistad a la espera, tan a menudo como posible sea, de dejarse vaciar de las gloriosas alegrías que atesoran.
Soy, como cada cual, guardián de mi bodega, celador de mi celler, curador de mi museo de ideas y de su exposición, el conocedor de mi vida bebida. Porque somos sumilleres de nuestras vidas y de la manera de vivirla-beberla según nuestro gusto en pensar nuestros pilares-cillares. Esos que yo tengo y quiero administrar no con el criterio del buen comerciante, sino con el de la buena persona, en el mejor sentido de la palabra.
Me complace dialogar con cada botella interrogándola cual Hamlet al cráneo de Yorick para que me espete mis propias verdades sobre mis dudas. Para que me hablen a través del cristal y así saber cuando abrirlas. A veces tengo que jarrearlas y, muchas, escupirlas por imbebibles; otras, basta con decantarlas y dejarlas respirar; trato de catarlas todas, me las sirvo con cariño y las bebo a tragos largos, asimilándolas serena e idóneamente. Me place degustar ideas como vinos para tratar de saber cuales son las mías, con las que marido, con las que quiero convivir y disfrutar. Las que me hacen bien.
Gozo escudriñando en las etiquetas de cada una para intentar conocer los orígenes y evolución de mis pensamientos, de qué línea de viña-escuela y de qué variedad de pensares proceden, cómo fructifican y envejecen, cómo mantenerlas y sacarlas buen provecho. Cuido y conservo las que han terminado siendo mis verdades y también las consumo, revivo y disfruto, por eso guardo varias botellas de una misma idea y de sus distintas añadas, porque solo embriagándome de ellas sabré hasta dónde soy capaz de pensarlas al beberlas, solo o en compañía, en vertical. Porque ellas serán las que hagan de mí lo que consiga llegar a ser.
Me embodego y me embriago, luego revivo.

